sábado, 7 de marzo de 2015

La escuela y la represión de nuestros hijos. Aprender sin escuela

6 julio 14

Lo que hace tan extraños los conocimientos especializados en el mercado de la educación escolarizada del presente es la exigencia institucional de que los especialistas sólo obtengan permiso para transmitir sus conocimientos cuando se han considerado dignos mediante un diploma pedagógico. Exigimos que los aventajados, que ayudan a los otros a conseguir conocimientos, sean también aptos para superar las dificultades de autoridad y enseñanza y capaces de estimular a los alumnos a la enseñanza. Exigimos que se les considere pedagogos. Y ello no puede ser de otra forma en el sistema de la escuela obligatoria impuesta ni en nuestras categorías sobre la enseñanza y formación derivadas de él.
Aprender sin escuela en La escuela y la represión de nuestros hijos, Ivan Illich

La alegría de la vida

3 julio 14

La única diferencia entre la meditación y el proceso diario y común de pensar, sentir y experimentar sensaciones es la aplicación de esta simple y escueta consciencia que ocurre cuando usted permite que la mente sencillamente repose tal como es, sin perseguir los pensamientos o dejarse distraer por los sentimientos y las sensaciones.
La alegría de la vida, capítulo 3; Mingyur Rinpoche

La alegría de la vida

30 junio 14

“Si caminas con prisa no llegarás a Lhasa. Camina despacio y llegarás a tu meta”, dice un adagio tibetano. Este proverbio viene de aquellos días en que la gente de la parte oriental del Tíbet hacía peregrinajes a Lhasa, la capital, en la región central del país. Los peregrinos que deseaban llegar rápido caminaban a toda velocidad, pero debido al paso que se imponían, se cansaban o enfermaban y tenían que devolverse a casa. Mas aquéllos que viajaban a un paso mesurado, acampaban durante la noche, disfrutaban de la compañía de otras personas y después continuaban al día siguiente, llegaban a Lhasa más pronto.

La alegría de la vida, capítulo 2; Yongey Mingyur Rinpoche

Las siete víctimas de un pájaro. La identificación del cadáver

Leído 30 junio 14

Muere la falena que se acerca al fuego,
Mal encaramado, pierde el murciélago la vida.
¡No emplees con otro engaño mi lazo!
Levanta la cabeza: ¡a tres pies, los dioses!
Si el mal no recibe castigo,
¡Es porque entre sí se devoran los malos!


La identificación errónea del cadáver en Las siete víctimas de un pájaro. Cuentos policiacos chinos

Muerte accidental de un anarquista

Leído 25 junio 14


Comisario Jefe: Pero teníamos sospechas… Como el acusado era el único ferroviario anarquista en todo Milán, era fácil deducir que era él.
Loco: Evidente. Por lo tanto, si resulta indudable que las bombas de los trenes las ha puesto un ferroviario, en consecuencia podemos deducir que las famosas bombas del Palacio de Justicia de Roma las colocó un juez, que las del Monumento al Soldado Desconocido las puso un comandante de la guardia, y las del Banco de Agricultura, pues un banquero o un agricultor, según se quiera. (De pronto furioso) Por favor señores… he venido a realizar una investigación seria, no para jugar a estúpidos silogismos. Sigamos. (Lee) "El anarquista no parecía afectado por la acusación, y sonreía incrédulo". ¿Quién levantó este atestado?
Comisario: Yo, señor juez.

Muerte accidental de un anarquista, Dario Fo

México Bárbaro

Leído 19 junio 14

Me refiero al sistema de Díaz más que a Díaz personalmente, porque aunque él es la piedra angular, aunque él es el Gobierno de México, más absoluto sin duda que cualquier otro individuo que pueda serlo en cualquier otro país del mundo, ningún hombre se halla solo en sus iniquidades. Díaz es el sostén principal de la esclavitud; pero existen algunos otros sostenes sin los cuales el sistema no podría mantenerse mucho tiempo. Por ejemplo, hay un conjunto de intereses comerciales que obtienen grandes ganancias del sistema porfiriano de esclavitud y autocracia; estos intereses dedican una parte importante de su gran poder a mantener en su sitio el sostén principal a cambio de los privilegios especiales que reciben. Entre estos intereses comerciales no son los menores los norteamericanos, quienes —me sonrojo de vergüenza al decirlo— son defensores tan agresivos de la fortaleza porfiriana como el mejor. En realidad, como lo demostraré en los siguientes capítulos, los intereses norteamericanos constituyen, sin duda, la fuerza determinante para que continúe la esclavitud en México; de este modo la esclavitud mexicana recae sobre nosotros, los norteamericanos, con todo lo que ella significa. Es cierto que Díaz es el culpable de los horrores de Yucatán y Valle Nacional; pero también lo somos nosotros; somos culpables puesto que fuerzas del Gobierno sobre el que se nos reconoce algún control, se emplean abiertamente, ante nuestra vista, para apoyar un régimen del que la esclavitud y el peonaje forman parte integral.

México Bárbaro, John Kenneth Turner

La alegría de la vida

leído 14 junio 14

Durante tres días me quedé meditando en mi habitación, utilizando muchas de las técnicas que describiré más adelante. Gradualmente, comencé a darme cuenta de cuán débiles y transitorios eran en realidad los pensamientos y las emociones que me habían atribulado por años, y cómo el dejarme obsesionar por problemas pequeños, los había convertido en problemas mayores. Sólo con sentarme tranquilamente y observar cuán rápido y en muchos sentidos ilógicamente mis pensamientos y emociones iban y venían, me comencé a dar cuenta, de manera directa, de que no eran ni tan sólidos ni tan reales como parecían. Y una vez que comencé a dejar de creer en el cuento que parecían contar, empecé a ver al “autor” que hay más allá de estos pensamientos y emociones: la consciencia infinitamente vasta e infinitamente abierta que constituye la naturaleza de la mente.

La alegría de la vida, 
Yongey Minyur Rinpoche

Piratas del Pacífico

Leído 13 junio 14

Los rebeldes fueron rodeados, pero la actitud indecisa del alcalde de Penonomé facilitó la fuga de los contrabandistas, por lo que las fuerzas que ocuparon Natá encontraron la ciudad completamente abandonada el 16 de noviembre de 1746. Pero, acosados y apresados los fugitivos, la mayoría en la sierra de Quijo, las autoridades ejecutaron a sus seis principales jefes y exhibieron sus restos, descuartizados, en Penonomé, Santiago, Los Santos, Las Tablas y otras poblaciones para ejemplo de cuantos pretendieran ejercer el contrabando.

Piratas del Pacífico, Antonio Martín-Nieto

La alegría de la vida

Leído 5 junio 14


Cuando comencé a enseñar, observé que muchos estudiantes que apenas se iniciaban en la práctica de la meditación solían ponerse metas poco realistas. Sentían que para meditar tenían que sentarse en una postura perfecta por el mayor tiempo posible, así que se sentaban y trataban de inducirse a meditar, empeñados en lograr un estado de serenidad. Esto puede funcionar por unos segundos y sí es posible llegar a sentir alguna calma, pero la mente siempre está en movimiento, siempre está procesando nuevas ideas, nuevas percepciones y nuevas sensaciones. Ese es su oficio. La meditación tiene que ver con aprender a trabajar con la mente tal como es, no con tratar de forzarla en algún tipo de camisa de fuerza budista.

La alegría de la vida, 
Yongey Minyur Rinpoche

La piedra negra

Leído 26 mayo 14

En aquellos ojos espantosos se reflejaban todas las cosas sacrílegas y todos los malignos secretos que duermen en las ciudades sumergidas, que se ocultan de la luz en las tinieblas de las cavernas primordiales. Y así, aquella cosa repulsiva que el sacrílego ritual de crueldad, de sadismo y de sangre había despertado del silencio de los cerros, parpadeaba y miraba de soslayo a sus brutales adoradores, que se arrastraban ante él en una repugnante humillación

La piedra negra, Robert E. Howard

La invención de Vals

Leído 21 abril 14

No estoy obligado a estudiar las telarañas de un viejo régimen. Un demoledor no tiene por qué conocer los planes de construcción de las edificaciones que destruye, y yo soy un demoledor. Espere hasta que empiece a construir de las edificaciones que destruye, y ya verá que sencillo y bonito será todo.

La invención de Vals, Vladimir Navokov

Ensayo de un crimen

Leído 14 abril 14

Una especie de nostalgia le hizo buscar el viejo convento de la Merced. Recordaba la arquería medio derruida que había visto años antes, los bloques de piedra dispersos en el patio, cuando el edificio había sido convertido en escuela de escultura de talla directa, la luz insuficiente de los pequeños focos en el corredor alto, y la tradición revolucionaria del monasterio. Para un provinciano, como él seguía siendo en el fondo, el viejo edificio tenía un encanto peculiar, el encanto de recuperar un aire que se ha respirado antes.

Ensayo de un crimen, Rodolfo Usigli

Niebla

Leído 19 marzo 14

Orfeo, en efecto, encontróse huérfano. Cuando saltó en la cama olió a su amo muerto, olió la muerte de su amo, envolvió a su espíritu perruno una densa nube negra. Tenía experiencia de otras muertes, había olido y visto perros y gatos muertos, había matado algún ratón, había olido muertes de hombres, pero a su año le creía inmortal. Porque su año era para él como un dios. Y al sentirle ahora muerto sintió que se desmoronaban en su espíritu los fundamentos todos de su fe en la vida y en el mundo, y una inmensa desolación llenó su pecho.

Niebla, Miguel de Unamuno

La alegría de la vida

Leído 13 marzo 14


Es así como creamos un mundo tan aparentemente vasto que casi no podemos evitar pensar en nosotros mismos como muy pequeños, limitados y vulnerables. Empezamos a percibir a la gente, a los objetos materiales y a todo lo demás como fuentes posibles de felicidad e infelicidad, y la vida se convierte en una lucha por conseguir lo que necesitamos para ser felices antes de que alguien más lo agarre.
En sánscrito esta lucha se conoce como samsara, que literalmente quiere decir “rueda” o “círculo”. Samsara se refiere específicamente a la rueda o el círculo de la infelicidad, un hábito de dar vueltas en pos de las mismas experiencias una y otra vez, a la espera de que el resultado sea diferente. Si alguna vez hemos visto un perro o un gato tratando de garrarse la cola, ya conocemos la esencia de samsara; y aunque esto puede parecernos gracioso, no lo es tanto cuando es nuestra propia mente la que hace lo mismo.

La alegría de la vida, Yongey Mingyur Rinpoche

La reina de los condenados

recuperado 10 marzo 14

—¡Eres un perfecto diablo, Lestat! —iba diciendo—. Eso es lo que eres. ¡Eres el mismo Diablo!
—Sí, lo sé —decía yo. Era tan encantador mirarlo, ver que la rabia lo llenaba de vida—. Adoro oírte decir eso, Louis. Necesito oírtelo decir. No creo que nadie lo diga como tú lo dices. Vamos, dilo otra vez. Soy un perfecto diablo. Dime lo malo que soy. ¡Me hace sentir tan bueno!

La reina de los condenados, Anne Rice

La isla del tesoro

Leído 8 marzo 14

A todo esto, como puede suponerse, no contesté nada. Me habían colocado de espaldas a la pared, y me esforcé por mirar a Silver a la cara, dándome aires de gran seguridad, aun cuando mi corazón albergaba la más negra desesperación

La isla del tesoro, Stevenson

La isla del tesoro

Leído 7 marzo 14

Si hubiesen ido a informar a Silver, todo habría acabado de otra manera; pero, por lo visto, tenían sus instrucciones y decidieron quedarse tranquilamente sentados donde estaban y seguir tarareando "Lillibullero".

La isla del tesoro, R. L. Stevenson

Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista.

Leído 25 febrero 14

Les dieron a los españoles banderas de oro, banderas de pluma de quetzal, y collares de oro. Y cuando les hubieron dado esto, se les puso risueña la cara, se alegraron mucho (los españoles), estaban deleitándose. Como si fueran monos levantaban el oro, como que se sentaban en ademan de gusto, como que se les renovaba y se les iluminaba el corazón.
Como que cierto es que eso anhelan con gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso, tienen hambre furiosa de eso. Como unos puercos hambrientos ansían el oro.

Códice Florentino, en Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista.

Ébano

Leído 20 febrero 14

El cómo morían los elefantes era un secreto que los africanos habían guardado frente a los blancos durante mucho tiempo. El elefante es un animal sagrado y también lo es su muerte. Y todo lo sagrado está protegido por el más impenetrable de los misterios. La admiración más grande siempre la había despertado el hecho de que el elefante no tenía enemigos en el mundo animal. Nadie era capaz de vencerlo. Sólo podía morir (tiempo ha) de muerte natural. Ésta solía producirse al ponerse el sol, cuando los elefantes acudían a sus abrevaderos. Se detenían en la orilla de un lago o de un río, alargaban sus trompas, las sumergían en el agua y bebían. Pero llegaba el momento en que un elefante viejo y cansado ya no podía levantar la trompa y para saciar la sed tenía que adentrarse en el lago cada vez más. Y también cada vez más, sus patas se hundían en el légamo. El lago lo succionaba, lo atraía a sus insondables profundidades. Él, durante un tiempo, se defendía agitándose, intentando liberar las patas de la tenaza del légamo para poder regresar a la orilla, pero su propia masa resultaba demasiado grande y la fuerza del fondo era tan paralizante que el animal, finalmente, perdía el equilibrio, se caía y desaparecía bajo las aguas para siempre.
—Y es ahí —concluyó el doctor Patel—, en el fondo de nuestros lagos, donde se encuentran los eternos cementerios de los elefantes.


Ébano, R. Kapusciński

Educación, poder y resistencia

Leído 19 febrero 14

Constantemente algunos alumnos se ponen de acuerdo para levantarse y sacar punta al lápiz. Pasan dos niños y se ponen a platicar encima del bote para la basura, luego pasan otros dos. Sucesivamente siguen pasando parejas de niños, cuidándose de que no los vea la maestra.

Educación, poder y resistencia, Rigoberto Martínez Escárcega

Cartas a quien pretende enseñar

Leído 15 febrero 14

Los educadores progresistas precisan convencerse de que no son meros docentes —eso no existe—, puros especialistas de la docencia. Nosotros somos militantes políticos porque somos maestros y maestras. Nuestra tarea no se agota en la enseñanza de la matemática, de la geografía, de la sintaxis o de la historia. Además de la seriedad y la competencia con que debemos enseñar esos contenidos, nuestra tarea exige nuestro compromiso y nuestra actitud en favor de la superación de las injusticias sociales.

Cartas a quien pretende enseñar, Freire

Ébano

Leído 14 febrero 14

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).
El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.
Todo lo contrario de la manera de pensar europea.
Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: <<¿Cuándo se celebrará la reunión?>> La respuesta se conoce de antemano: <<Cuando acuda la gente>>.


Ébano, Ryszard Kapuściński

Hacia el fin de la era escolar

Leído 10 febrero 14

Lo que la escuela intenta es compartimentar el conocimiento en materias, construir para el alumno un plan hecho de bloques de estudios prefabricados y luego calibrar los resultados a escala internacional. Las personas que para medir sus propios crecimientos se someten al estándar impuesto por los demás, acaban por aplicar esa pauta a ellos mismos. Ya no necesitan que nadie los ponga en sus lugares, sino que ellos se acomodarán por sí solos en los casilleros asignados, se exprimirán hasta encajar en el nicho que se les ha enseñado a buscar y, a lo largo del propio proceso, aprenderán a poner también en sus lugares a sus semejantes, hasta que todo y todos queden perfectamente acomodado.

Hacia el fin de la era escolar, Illich.

Espantapájaros



Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. 
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. 
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.


Espantapájaros, Girondo

Olalla

Leído 5 febrero 14

—Y, sin embargo, has vivido en el mundo —continuó ella—. Eres un hombre sensato y prudente, y yo no soy más que una niña. Perdóname que aparente enseñarte quien es más ignorante que los árboles de las montañas, pero los que saben muchas cosas no hacen sino rascar la superficie del conocimiento; entienden las leyes, asumen la dignidad de su propósito..., pero el horror de la realidad se esfuma en su memoria. Somos nosotros los que nos quedamos en casa en compañía del mal, los que recordamos, sentimos el aviso y tenemos compasión. Vete, vete cuanto antes y no me olvides; así podré seguir en un rincón de tu memoria, y esa vida será tan mía como la que llevo en este cuerpo.


Olalla, R.L. Stevenson

Canção para os fonemas da alegria


Leído 30 enero 14

Canção para os fonemas da alegria

Êle atravessa os campos espalhando
A boa - nova, e chama os companheiros
A pelejar no limpo, fronte a fronte,
Contra o bicho de cuatrocentos anos,
Mas cujo fel espêsso não resiste
A quarenta horas de total ternura.
Peço licença para terminar
Soletrando a canção de rebeldia
Que existe nos fonemas da alegria:
Canção de amor geral que eu vi crescer
Nos olhos do homem que aprendeu a ler.
Canção para os fonemas da alegria, Thiago de Mello, en La educación como práctica de la libertad, Freire

El Filibusterismo

Leído 29 enero 14

Misson hace uso de la palabra, condenando "el vil comercio de los holandeses" y haciendo salir del grupo de prisioneros a un sacerdote, dice: " Ningún hombre tiene atribuciones para privar a otro de la libertad. Si los que profesan un conocimiento esclarecido de la divinidad se prestan a la venta de hombres, como si estos fueran bestias, demuestran que la religión no es más que una burla…" Se vuelve entonces hacia sus compañeros y agrega que espera haber expresado los sentimientos de todos ellos, quienes tienen que oponerse también al yugo de la esclavitud social, puesto que si han alcanzado su libertad no es para privar a otros de ella.

El Filibusterismo, J. y F. Gall

Altazor

Recuperado 20 enero 14

Canto I


Silencio la tierra va a dar a luz un árbol
La muerte se ha dormido en el cuello de un cisne
Y cada pluma tiene un distinto temblor
Ahora que Dios se sienta sobre la tempestad
Que pedazos de cielo caen y se enredan en la selva
Y que el tifón despeina las barbas del pirata
Ahora sacad la muerta al viento
Para que el viento abra sus ojos
Silencio la tierra va a dar a luz un árbol
Tengo cartas secretas en la caja del cráneo
Tengo un carbón doliente en el fondo del pecho
Y conduzco mi pecho a la boca
Y la boca a la puerta del sueño
El mundo se me entra por los ojos
Se me entra por las manos se me entra por los pies
Me entra por la boca y se me sale
En insectos celestes o nubes de palabras por los poros
Silencio la tierra va a dar a luz un árbol
Mis ojos en la gruta de la hipnosis
Mastican el universo que me atraviesa como un túnel
Un escalofrío de pájaro me sacude los hombros
Escalofrío de alas y olas interiores
Escalas de olas y alas en la sangre
Se rompen las amarras de las venas
Y se salta afuera de la carne
Se sale de las puertas de la tierra
Entre palomas espantadas
Habitante de tu destino
¿Por qué quieres salir de tu destino?
¿Por qué quieres romper los lazos de tu estrella
Y viajar solitario en los espacios
Y caer a través de tu cuerpo de tu zenit a tu nadir?
Altazor, canto I; Huidobro

El Filibusterismo

Leído 18 enero 14

La isla de la Tortuga bullía de insectos y de luz. La isla nos daba la impresión de un barco desmantelado que iba a la deriva en busca tan sólo de la historia, la verdadera historia.
Eso fue lo que hicimos.

El Filibusterismo, J. y F. Gall

La guerra de guerrillas

Leído 15 enero 14

El gerrillero, ya lo dijimos, es un soldado que lleva, como el caracol, su casa a cuestas, de modo que tiene que ordenar su mochila de forma tal que la mejor cantidad de utensilios rinda la mayor utilidad posible. Solamente llevará lo imprescindible pero lo conservará a través de todas sus peripecias como algo fundamental que no puede perderse, sino en situaciones adversas extremas.

La guerra de guerrillas, Che Guevara

El ceremonial

Leído 14 enero 14

En la impenetrable oscuridad, más allá del fulgor leproso de la llama sin calor, en las cavernosas regiones por donde discurría serpenteante el oleaginoso río, desde allí surgió una horda danzante integrada por seres híbridos, alados, criaturas que ningún ojo ha podido siquiera imaginar. No se trataba de cuervos, ni de topos, ni de búhos, ni de hormigas, ni de vampiros, ni de seres humanos en descomposición. Era algo que no consigo ni debo recordar. Saltaban torpemente, blandamente, impulsándose con sus pies palmípedos y con sus alas membranosas. Al acercarse a la muchedumbre, las figuras encapuchadas se aferraron a ellos, se les subieron encima y cabalgaban sobre ellos a lo largo del río pestilente hasta unos pozos y galerías donde corruptos manantiales alimentaban el generoso caudal de unas horribles cataratas.

El ceremonial, H. P. Lovecraft

Yo, el Gato

Rescatado 12 enero 14

Así es la manera de obrar de los occidentales. Ni Alejandro Magno, ni Napoleón, ni nadie se sintió satisfecho después de tantas victorias. Si el prójimo no le entra por el ojo derecho, le hacen la guerra. El prójimo, claro está, no se calla. Llevan la contienda al tribunal. El que gana en el tribunal no queda contento todavía. ¿Tú crees que hay alguno que haya conseguido en toda su vida la tranquilidad del espíritu? Si el gobierno oligárquico no les conviene, adoptan un gobierno democrático. Si éste no les va bien, adoptan otro. Si un río les estorba, tienden un puente sobre él. Si una montaña les corta el paso, hacen un túnel. Si los medios de transporte no son suficientes, hacen ferrocarriles. Y así siempre. Pero nunca quedan contentos del todo. Somos hombres, pero no siempre es posible conseguir lo que queremos. La cultura occidental acaso sea positiva. Pero es una cultura formada por hombres que nunca se han sentido satisfechos. La cultura tradicional japonesa no intenta la satisfacción mediante los cambios que afectan a otras personas y cosas, porque nos damos cuenta de que nosotros, los japoneses, no podemos mejorar nuestro medio ambiente así. De buenas a primeras.

Yo, el Gato; Sōseki Natsume

Los romanos

Rescatado 9 enero 14

Podemos seguir los movimientos de los dioses por medio de las inscripciones de las altares, las ofrendas, las lápidas y los testimonios de acción de gracias que han sido descubiertos. Se encuentra a Júpiter Capitolino en Oriente, a dioses egipcios en las provincias occidentales, y el ritual de un culto tomaba con toda libertad elementos del otro.

Los romanos, R. H. Barrow

¡Vámonos con Pancho Villa!

Leído entre octubre y diciembre 13

En el camino se encontró a dos soldados cargando un muchacho herido en la frente. Un fino proyectil le había abierto un ojal redondo, por donde el cuerpo no tardaría en abotonarse con la muerte. Con los ojos cerrados, el herido movía de un lado a otro la cabeza, y sin quejarse, iba sonriendo, como si tuviera ante sí un espectáculo de maravilla.

¡Vámonos con Pancho Villa!, Rafael F. Muñoz

El horror a la revolución

Leído 27 septiembre 13


El horror a la revolución 

No queremos luchas fratricidas, no queremos sangre, no queremos guerra, dicen los timoratos. Y hablan en seguida de los horrores de la matanza: la sangre corriendo en abundancia, la atmósfera cargada de espesos humos, el ruido ensordecedor de las armas de fuego; sangre, agonía, muerte, incendio. ¡qué horror!
¡Qué horror! En verdad, compañeros, nada tiene de agradable el espectáculo que ofrece la guerra; pero la guerra es necesaria. Es necesaria la guerra cuando hay algo que se opone a la conquista del bienestar.
Es horrible la guerra, cuesta muchas vidas, muchas lágrimas y muchos dolores; pero ¿qué decir de la paz? ¿Qué decir, compañeros, de la paz bajo el presente sistema de explotación capitalista y de barbarie gubernamental? ¿Garantiza siquiera la vida esta paz?
Por horrible que sea la guerra, no sobrepasa en horror a la paz. La paz tiene sus víctimas, la paz es sombría; pero no porque la paz, por sí misma, sea mala, sino por el conjunto de circunstancias que la componen en la actualidad. Sin necesidad de que haya guerra, hay víctimas en tiempo de paz, y, según las estadisticas, las victimas en tiempo de paz son más numerosas que las víctimas en tiempo de guerra.
Basta con leer todos los días los periódicos de información para convencerse de que es una verdad lo que digo. Ya es una mina que se desploma y aplasta a centenares o miles de trabajadores; o bien, un tren que descarrila y produce la muerte de los pasajeros; o un buque que se hunde y sepulta en el fondo del mar a muchas personas. La muerte espia al ser humano en todos los momentos de su existencia. El trabajador cae de los andamios y se despedaza el cuerpo. Otro, manejando una máquina, se corta un brazo, una pierna y queda mutilado o muere. El número de personas que mueren anualmente en virtud de catástrofes mineras, ferroviarias, marítimas y de otra naturaleza es verdaderamente alarmante. Los que mueren como consecuencia de incendios de teatros, hoteles y casas alcanzan una cifra desesperante cada año.
Pero no es esto todo: las condiciones de insalubridad en que se efectúa el trabajo en las fábricas y los talleres; lo fatigoso de las tareas; la incomodidad e insalubridad de las viviendas de los trabajadores -forzados a vivir en verdaderas zahurdas-; la suciedad de los barrios obreros; la mala alimentación que el trabajador puede conseguir por los saIarios miserables que gana; la adulteración de los artículos alimenticios; la inquietud en que vive el hombre de trabajo, que teme que, de un momento a otro no podrá llevar pan a la familia; y el disgusto que produce el hecho de encontrarse bajo la influencia del polizonte, bajo la influencia de leyes bárbaras dictadas por el estúpido egoísmo de las clases encumbradas, bajo la influencia de monigotes descerebrados que la hacen de autoridad; todo ello: insalubridad, mala alimentación, trabajo fatigoso, inquietud por el porvenir, disgusto del presente, minan la salud de las clases pobres, engendran enfermedades espantosas como la tisis, el tifo y otras que diezman a los desheredados y cuyos estragos alcanzan a todos: a hombres, a rnujeres, ancianos y niños. Lo que no ocurre con la guerra, en la que es raro el caso del atropello a los ancianos, a las mujeres y a los niños, a no ser que se trate de un tirano bestiaI -como Porfirio Diaz-, para quien no hay en esta vida criatura respetable. El tigre hinca los colmillos indistintamente en las carnes de un viejo, de una mujer o de un niño.
Todas estas calamidades, que sufre la humanidad en tiempo de paz, son el resultado de la impotencia del Gobierno y de la ley para hacer la felicidad de los pueblos por la sencilla razón de que tanto el Gobiemo como la ley no son otra cosa que los guardianes del Capital, y el Capital es nuestra cadena común. El Capital quiere ganancias y, por lo tanto, no se preocupa de la vida humana. El dueño de una rnina no se preocupa porque el lugar del trabajo ofrezca riesgos para la vida de los obreros; no hace las obras necesarias para que el trabajo se efectúe en la rnina en condiciones de seguridad que garanticen la vida de los mineros. Por eso se desploman las rninas, ocurren explosiones, los obreros se desprenden de los elevadores y hay otros muchos siniestros. El capitalista tendría que ganar rnenos si protegiese la vida de sus operarios, y prefiere que éstos revienten en una catástrofe; que las viudas y los huérfanos perezcan de hambre o se prostituyan para poder vivir, a gastar algunas sumas en favor de los que con su trabajo lo enriquecen, de los que con su sacrificio lo hacen feliz.
Igual cosa puede decirse de los desastres ferrocarrileros y marítimos. El mal material de que están construídos los barcos, los coches y las locornotoras, para obtener todo eso al menor costo posible, y el deterioro que se opera en ellos con el uso; el hecho de que las compañías tienen que usarlo todo hasta su rnáximum de duración para gastar rnenos, añadiéndose a todo esto el mal estado de las vías, que hay que componer lo menos posible para sacar mayores utilidades, hacen que la inseguridad sea efectiva e inminentes las catástrofes.
La ganancia que quiere el Capital es, también, la causa de que el trabajo de las fábricas y talleres se haga en condiciones de insalubridad manifiesta. El capitalista tendría que gastar dinero para que las condiciones higiénicas de los lugares de trabajo fueran buenas, y es precisamente lo que no quiere. La salud y la vida de los trabajadores no entran en los cálculos de los capitalistas. Ganar dinero, no importa cómo, es la divisa de los señores burgueses.
La miseria, por sí sola, es más horrible que la guerra, y causa más estragos que ella. El número de niños que mueren cada año es fabuloso; el número de tuberculosos que muere cada año, es, igualmente, admirable. Estos fallecimientos se deben a la miseria, y la miseria es el producto del sistema capitalista.
¿Por qué temer la guerra? Si se tiene que morir aplastado por la tiranía capitalista y gubernamental en tiempo de paz, ¿por qué no morir mejor combatiendo lo que nos aplasta? Es menos espantoso que se derrame sangre que conquistar la libertad y el bienestar, que continúe derramándose bajo el actual sistema político y social en provecho de nuestros explotadores y tiranos.
Además, la guerra no produce tantas víctimas como la paz bajo el actual sistema. El número de personas que resultan muertas en una batalla o en un encuentro es reducidísimo en comparación con el número de hombres que han entrado en juego por ambas partes combatientes; y si fuera posible que toda una nación estuviese en revolución, si ese estado de guerra durase un año, al final de ese tiempo se vería que por las dificultades que había tenido el capitalismo para explotar a los trabajadores por hallarse la mayor parte de éstos con las armas en la mano, el número de defunciones había decrecido, o al menos había sido igual al de los años pasados en paz. Esto ha podido comprobarse en países que han estado en revolución. Los trabajos se suspenden por el estado de guerra; los trabajadores cambian el malsano género de vida de la fábica, del taller o de la mina, por la vida sana al aire libre, comiendo carne en abundancia, haciendo saludable ejercicio y, sobre todo, teniendo reanimado el espíritu con la esperanza de cambiar de condición, o simplemente satisfechos de levantar el rostro y de sentirse libres enfrente de sus amos espantados.
Es mejor morir atravesado por una bala defendiendo su derecho y el bienestar de sus hermanos, que perecer aplastado, como un gusano, bajo los escombros de la mina, o triturado por la maquinaria, o en una agonía penosa y lenta en un rincón de la negra covacha.
Gritemos con todas nuestras fuerzas: ¡Viva la Revolución! ¡Muera la paz capitalista!
De Regeneración, 17 de diciembre de 1910; Ricardo Flores Magón

Los volcanes sagrados. Mitos y rituales en el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl

Leído 21 septiembre 13

Dice Mendieta que cuando se veía (Fray Martín de Valencia) en la necesidad de reprender y hacer azotar a los indios, él mismo se disciplinaba primero delante de ellos para hacerles comprender que los castigaba por su salvación. ¿Qué habrán pensado los indios al presenciar estas auto-flagelaciones previas a su castigo, sobre todo si consideramos que fue incapaz de hablar su lengua y difícilmente podía explicar sus propósitos correctivos?

Los volcanes sagrados. Mitos y rituales en el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl, Julio Glockner

Las redes de poder

Leído 9 septiembre 13

Si tomamos, por ejemplo, un punto preciso –la importancia del contrabando en toda Europa hasta fines del siglo XVIII– podemos percibir un flujo económico muy importante, casi tan importante como el otro, un flujo que escapaba enteramente al poder. Era además, una de las condiciones de existencia de personas, puesto que de no haber existido piratería marítima, el comercio no habría podido funcionar, y las personas no habrían podido vivir. Bien, en otras palabras, el ilegalismo era una de las condiciones de vida pero al mismo tiempo significaba que había ciertas cosas que escapaban al poder y sobre las cuales no tenía control. Entonces, inconvenientes procesos económicos, diversos mecanismos, de algún modo quedaban fuera de control, y exigían la instauración de un poder continuo, preciso, de algún modo atómico. Pasar así de un poder lagunar, global, a un poder e individualizante, que cada uno, que cada individuo, en él mismo, en su cuerpo, en sus gestos, pudiese ser controlado, en vez de esos controles globales y de masa.

Las redes de poder, Foucault

Plenos poderes. Cardo

Leído 23 agosto 13


Cardo

En
el
verano
del
largo
litoral,
por
polvorientas
leguas
y
caminos
sedientos
nacen las explosiones
del cardo azul de Chile.
Espolón
errabundo,
gran aguijón de moscardón morado,
pequeño pabellón de la hermosura,
todo el azul
levanta
una
copa
violeta
y,
árido,
hostil
amargo,
el
seco
suelo
defiende
el fuego azul
con
sus
espinas,
erizado
como un
alambre
y terco,
como
cerco
de ricos,
el
cardo
se
amontona
en
la
agresiva
fecundidad
del
matorral
salvaje
y empina
hacia
la indómita belleza
del territorio seco,
circundado
por vago cielo frío,
la sedición
azul
de sus corolas
como
invitado,
como desafiando,
con un azul
más
duro
que
una
espada
a todos
los azules
de
la
tierra.
Cardo en Plenos Poderes, Pablo Neruda

Autoridad, obediencia y educación

Leído 19 agosto 13

[...] las corrientes educativas que, defendiendo la libre autodeterminación del educando, abogan por la absoluta neutralidad del educador, absteniéndose de cualquier presentación de valores, hasta que, una vez alcanzado el uso de razón y descubierto por sí mismo el problema, el educando elija libremente entre los valores por él descubiertos. En mi opinión, esta postura, sincera en la mayoría de los educadores, favoreció a la manipulación y el condicionamiento: se abandonó en los medios educativos la presentación de cualquier tipo de valor que pudiera “coartar” la libertad del educando, al mismo tiempo que éste estaba expuesto al bombardeo incesante de un ambiente y de unos medios de comunicación de masas que, con menos escrúpulos que los educadores, nada sabía de neutralidad, de libertad, ni de respeto a la elección del niño, y que se movía incluso persiguiendo como fin una manipulación que lograra la adhesión a sus presupuestos económicos, políticos o religiosos.

Autoridad, obediencia y educación, Esteve

Quién es quién en la piratería

Leído 9 agosto 13

Capitán Bartholomew Roberts

Bartholomew debía dar la perfecta imagen de un pirata cuando se ataviaba para la acción. Un hombre alto y moreno, vestido con una rica casaca de damasco y calzas, una pluma roja en su sombrero, una cadena de oro al cuello de la que pendía una gran cruz de diamantes, una espada en la mano y dos pares de pistolas colgando de un tahalí de seda terciado al hombro.

Quién es quien en la piratería, Philip Gosse.

Quién es quién en la piratería

Leído 7 agosto 13

Davis (Capitán Howel Davis) salió a navegar y capturó una porción de naves antes de llegar a Santiago. El gobernador portugués de la isla no acogió tan amablemente a su intrépido visitante y llevó tan lejos su falta de delicadeza que manifestó sus sospechas de que Davis era un pirata. La tripulación se sintió ofendida y decidió que no podía tolerar tal insulto así que aquella misma noche asaltaron por sorpresa el fuerte y lo saquearon.

Quién es quién en la piratería, Philip Gosse

La rebelión de los colgados

Leído 30 julio 13

Los muchachos no eran unos bandidos salteadores. Pero una rebelión no puede vivir sin rebeldes y es necesario que los rebeldes vivan para llevarla adelante. No son los rebeldes los culpables de las consecuencias desagradables que las rebeliones tienen para aquellos que de nada carecen. Los responsables de los actos de los rebeldes son aquellos que creen que se puede maltratar eterna e impunemente a los seres humanos sin que éstos se rebelen.

La rebelión de los colgados, B. Traven

Unda odisea espacial 2001

Leído 18 julio 13

El ojo de Japeto había guiñado, como si quisiera quitarse una mota de polvo. David Bowman tuvo el tiempo justo para una frase cortada, que los hombres que esperaban en el Control de la Misión, a mil quinientos millones de kilómetros de allí, no habrían de olvidar jamás en el futuro:
–¡El objeto es hueco… y sigue y sigue… y… oh, Dios mío: está lleno de estrellas!

Una odisea espacial 2001, Arthur C. Clarke

Los relámpagos de agosto

Leído 13 julio 13

Por otra parte, estos ricos que metí a la cárcel de Apapátaro, eran ricos mexicanos, que constituyen una raza maldita y que debieron ser pasados por las armas, todos, desde los tiempos del Cura Hidalgo. Así qué no entiendo qué me reprochan los que dicen que fui muy cruel, porque tuve presos unos días a una sarta de mentecatos.

Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia

Lucky Starr. Las lunas de Júpiter

Leído 11 julio 13

Lucky no contestó. Dejó que su muñeca contara la historia. La piel que recubría la superficie interior de su muñeca parecía simplemente piel, pero años atrás había sido tratada con hormonas de forma extremadamente complicada. Respondiendo nada más que a un disciplinado esfuerzo de voluntad de Lucky, una mancha ovalada de la muñeca se oscureció y fue volviéndose negra. En su interior, diminutas partículas amarillas formaban el conocido dibujo de la Osa Mayor y Orión.
Panner se quedó sin aliento, como si todo rastro de aire se hubiera retirado de sus pulmones. Pocos seres humanos tenían la ocasión de ver este signo del Consejo, pero desde su más tierna edad sabían lo que era… la identificación terminante e imposible de falsificar de un consejero de la ciencia.

Lucky Starr. Las lunas de Júpiter, Isaac Asimov

Pedagogía de la indignación


Leído 14 junio 13

Primera carta

... debo trabajar la unidad entre mi discurso, mi acción y la utopía que me moviliza. En este sentido, debo aprovechar cualquier oportunidad para manifestar mi compromiso con la realización de un mundo mejor, más justo, menos indecente, más sustancialmente democrático. También en este sentido es importante hacerle notar al niño que, enojado por cualquier cosa, se agita y agrede a puntapiés a los que están cerca, que existen límites reguladores de nuestra voluntad, como asimismo estimular la necesidad de autonomía o de autoafirmación de un niño tímido o cohibido.
A su vez, es preciso dejar en claro a través de discursos lúcidos y de prácticas democráticas que la voluntad sólo se vuelve auténtica en la acción de sujetos que asumen sus límites. La voluntad ilimitada es la voluntad despótica, negadora de otras voluntades y, en realidad, de sí misma. Es la voluntad ilícita de los “dueños del mundo” que, egoístas y arbitrarios, sólo se ven a sí mismos.
Me apena y me preocupa convivir con familias que experimentan la “tiranía de la libertad”, en la que los niños pueden todo: gritan, escriben en las paredes, amenazan a las visitas ante la autoridad complaciente de los padres que, encima, se creen campeones de la libertad. Sometidos al rigor sin límites de la autoridad arbitraria, los niños se encuentran con fuertes obstáculos para aprender a decidir, a elegir, a manifestar algún tipo de ruptura. ¿Cómo pueden aprender a decidir si se les prohíbe decir una palabra, indagar, comparar? ¿Cómo aprender la democracia en medio del desenfreno en el que, sin ningún límite, la libertad hace lo que quiere, o en medio del autoritarismo en el que, sin ningún espacio, la libertad jamás se ejerce?
Estoy convencido de que ninguna educación que pretenda estar al servicio de la belleza de la presencia humana en el mundo, al servicio de la seriedad del rigor ético, de la justicia, de la firmeza de carácter, del respeto a las diferencias, comprometida en la lucha por hacer realidad el sueño de la solidaridad puede concretarse al margen de la tensa y dramática relación entre autoridad y libertad. Tensa y dramática relación en la que ambas, autoridad y libertad, viviendo plenamente sus límites y sus posibilidades, aprenden casi sin tregua a asumirse como autoridad y como libertad. Sólo cuando viven con lucidez la tensa relación existente entre ambas, descubren que no son necesariamente antagónicas.
Partiendo de este aprendizaje, las dos se comprometen, en la práctica educativa, con el sueño democrático de una autoridad respetuosa de sus límites en relación con una libertad igualmente celosa de sus límites y de sus posibilidades.
Hay algo más de lo que me he venido convenciendo en el transcurso de mi ya larga experiencia de vida, en la que mi experiencia como educador ocupa una parte importante. Cuanto más y más auténticamente hayamos vivido la tensión dialéctica en las relaciones entre autoridad y libertad, mejor nos habremos capacitado para superar razonablemente una crisis de difícil solución para quien se entrega a las exageraciones licenciosas o para quien se somete a los rigores de la autoridad despótica.
La disciplina de la voluntad, de los deseos; el bienestar que resulta de la práctica necesaria, difícil de cumplir a veces pero que no obstante debería cumplirse; el reconocimiento de que lo que hicimos era lo que teníamos que hacer, y la capacidad de sobreponernos a la tentación de la autocomplacencia nos forjan como sujetos éticos, difícilmente autoritarios o sumisos o licenciosos. Seres dispuestos, más bien, a la confrontación de situaciones límite.
La libertad que desde un comienzo ha venido aprendiendo, vivencialmente, a constituir su autoridad interna mediante la interiorización de la externa vive con plenitud sus posibilidades. Y sus posibilidades devienen de la asunción lúcida, ética, de los límites, no de la obediencia cobarde y ciega a esos límites.
Mientras escribo, me viene a la memoria el ejemplo de una de esas exageraciones en el uso y en la comprensión de la libertad. Yo tenía 12 años y vivía en Jaboatão. Un matrimonio amigo de mi familia vino a visitarnos con su hijo, que tendría 6 o 7 años. El niño se subía a las sillas, lanzaba los almohadones a diestra y siniestra como si estuviera en guerra contra unos enemigos invisibles. El silencio de los padres daba cuenta de que aceptaban todo lo que el hijo hacía. De pronto hubo un poco de paz en la sala. El niño desapareció en el patio y enseguida volvió empuñando en la mano un pollito al borde de la asfixia. Entró en la sala ostentando, envanecido, el objeto de su victoria. Tímida, la madre intentó una pálida defensa del pollito, mientras el padre se refugiaba en un mutismo significativo. “Si siguen hablando –dijo el niño con firmeza, dueño absoluto de la situación–, mato al pollo.”
El silencio que nos envolvió a todos salvó al pollito. Por fin suelto, débil y a los tumbos, abandonó la sala como pudo. Atravesó la terraza y fue a esconderse entre las hojas de los culandrillos, que recibían los afanosos cuidados de mi madre.
Nunca olvidé el juramento que hice ante tamaño desenfreno: si alguna vez yo llegaba a ser padre, jamás sería un padre así.
Sin embargo, también me apeno y me preocupo cuando estoy con familias que viven la otra tiranía, la de la autoridad, bajo la cual los niños, callados, cabizbajos y “bien comportados”, no pueden hacer nada.
Qué equivocados están los padres y las madres o qué mal preparados se encuentran para el ejercicio de su paternidad y de su maternidad cuando, en nombre del respeto a la libertad de sus hijos o hijas, los dejan librados a sí mismos, a sus caprichos, a sus deseos. Qué equivocados se encuentran los padres y las madres cuando, sintiéndose culpables porque fueron –ellos  creen– casi malvados al decir un no necesario al hijo, inmediatamente lo llenan de mimos que son una expresión de arrepentimiento por algo de lo que no deberían arrepentirse. El niño tiende a interpretar los mimos como una anulación de la anterior conducta restrictiva de la autoridad. Tienden a interpretar los mimos como un “discurso” de excusas que la autoridad les brinda.
La demostración permanente de afecto es necesaria, fundamental, pero no de afecto como forma de arrepentimiento. No puedo pedirle disculpas a mi hijo por haber hecho lo que en realidad tenía que hacer. Eso es tan malo como no explicar mi arrepentimiento por un error que cometí. Por eso, tampoco puedo decirle no a mi hijo por todo o por nada, un no que sólo responde a lo que a mí me viene en gana. Al decir no debo ser tan coherente como al estimular a mi hijo con un sí.
El modo autoritario y el permisivo, contradictorios entre sí, trabajan contra la formación urgente y contra el no menos urgente desarrollo de la mentalidad democrática entre nosotros. Estoy convencido de que la primera condición para aceptar o rechazar este o aquel cambio que se anuncia es estar abierto a la novedad, a lo diferente, a la innovación, a la duda. Todas ellas
cualidades de la mentalidad democrática que tanto necesitamos y que encuentran un gran obstáculo en los modelos señalados.
No tengo ninguna duda de que mi principal tarea como padre, amante de la libertad pero no licencioso, celoso de mi autoridad pero no autoritario, no es manejar la preferencia partidaria, religiosa o profesional de mis hijos “guiándolos” hacia este o aquel partido o hacia esta o aquella iglesia o profesión. Por el contrario, sin ocultarles mi elección partidaria y religiosa, sólo
me cabe manifestarles mi profundo amor por la libertad, mi respeto por los límites sin los cuales mi libertad se acaba, mi acatamiento de su libertad en proceso de aprendizaje para que ellos y ellas en el día de mañana puedan usarla plenamente tanto en el ámbito político como en el de la fe. Me parece fundamental, desde el punto de vista de la mentalidad democrática, no remarcar la importancia espontánea de la palabra del padre o de la madre sobre la formación de los hijos. Casi siempre lo hacemos, ya sea de forma subrepticia o notoria. Lo ideal para mí, reconociendo esta importancia, es saber usarla, y la mejor manera de aprovechar la fuerza
de mi testimonio como padre es ejercitar la libertad del hijo para gestar su autonomía. Cuanto más las hijas y los hijos vayan convirtiéndose en “seres para sí”, más capaces serán de reinventar a sus padres en lugar de limitarse a copiarlos o, a veces, furiosa y desdeñosamente
negarlos.
Lo que me interesa no es que mis hijos y mis hijas nos imiten como padre y madre, sino que, reflexionando sobre nuestros pasos, den sentido a su presencia en el mundo. Dejarles ver la coherencia entre lo que digo y lo que hago, entre el sueño del que hablo y mi práctica, entre la fe que profeso y las acciones en las que me involucro es la manera auténtica de educarlos, educándome a la par de ellos y ellas, con una orientación ética y democrática.
En realidad, ¿cómo puedo “invitar” a mis hijos e hijas a respetar mi fe religiosa si, diciéndome cristiano y siguiendo los rituales de la iglesia, discrimino a los negros, pago mal a la cocinera y la trato con distancia? Por otro lado, ¿cómo puedo conciliar mi discurso a favor de la democracia con los procedimientos antes mencionados? ¿Cómo puedo convencer a mis hijos de que respeto su derecho a manifestarse, si demuestro malestar ante el análisis crítico de uno de ellos que, aún niño, ensaya legítimamente su libertad de expresión? ¿Qué ejemplo de seriedad doy a los niños si cuando suena el teléfono pido a quien atiende que, si es para mí, diga que no
estoy?
Pero este empeño en favor de la coherencia, de la rectitud, no puede derivar, en lo más mínimo, en posiciones fariseas. Debemos buscar la pureza, humildemente y con esfuerzo, nunca dejándonos envolver en prácticas puritanas o asumiendo actitudes de este tipo. Moral, sí; moralismo, no.
Pedagogía de la indignación

Pedagogía de la indignación

Leído 11 junio 13

Del derecho y del deber de cambiar el mundo

Sería una lástima que, haciendo pucheros, la abuela expresara un descontento indebido frente a la decisión legítima de su nieta, o que su padre, mostrando que está disconforme, intentara imponer autoritariamente a la hija que hiciera lo que no quería. Por otro lado, esto no significa que en el aprendizaje de su autonomía, los niños en general y la nieta en particular no aprendan también que a veces corresponde, sin faltar el respeto a la propia autonomía, responder a la expectativa del otro. Más aún, es necesario que El Niño aprenda que su autonomía sólo es genuina cuando presta atención a la autonomía de los otros.

Del derecho y del deber de cambiar el mundo, en Pedagogía de la indignación, Paulo Freire

Pedagogía de la indignación

Leído 04 junio 13

El acomodamiento es la expresión del abandono de la lucha por el cambio. Quien se acomoda carece de la capacidad de resistir, o la tiene muy débil. [...] Sin embargo, es importante destacar que hay una diferencia fundamental entre quien se acomoda perdidamente desesperanzado, sometido de tal manera a la asfixia de la necesidad que obstaculiza la aventura de la libertad y la lucha por ella, y quien, en el discurso del acomodamiento, encuentra un instrumento eficaz para su lucha: impedir el cambio. El primero es el oprimido sin horizonte; el segundo, el opresor impenitente.

Pedagogía de la indignación, Paulo Freire

La rebelión de los colgados

Leído por Paco el 21 de Mayo 13

"No piensen que serán libres por el hecho de que su libertad se escriba en letras de molde y sea consagrada por la ley, por la constitución o por lo que ustedes quieran. Nada se halla establecido eternamente sobre la tierra y sólo puede contarse con aquello que se renueva y por lo que se lucha cada día. Nunca depositen su confianza en un jefe, quienqiuera que sea y cualesquiera que sean sus promesas y cualquiera que sea el lugar de donde venga. Será libre aquel de ustedes que luche cada día por su libertad y no se la dé a guardar a nadie. Todos seremos libres si verdaderamente tenemos la voluntad de serlo y seremos siervos si permitimos que nos manden." 

La rebelión de los colgados, B. Traven